Lo “milenario” de la caligrafía no es el tiempo que ella ha estado ahí. Es esa
temporalidad a la que nos expone cuando nos entregamos a su práctica. El
trazo, además de articular fonemas y significados, también pone en marcha
otras formas del sentido y otros modos de conocimiento. El sufismo, como vía
iluminativa del Islam, esta compuesto por constelaciones de prácticas que
invitan y que suscitan en los practicantes, maneras siempre nuevas de vivir
“esso milenario” presente en la Expresión Creativa.
Hacer caligrafía es como abrir una puerta… Un sitio que me relaciona a otra
morada. Como si fuera natural: el sol sale, el agua corre. El papel se dispone y la
tinta abraza la caña, el cálamo. Luego, tinta y cálamo se pasean de la mano e
invitan al pensamiento a unirse en el camino.
En ese recorrido el pensamiento aprende, comprende. Y cuando la mano sella,
el pensamiento olvida y nace la experiencia en el cuerpo. Cuando el cálamo deja
de ir de la mano, la memoria se nubla, aunque la contemplación permanezca.
Cuando los sellos se asientan en el papel y dejan su huella, la contemplación se
esfuma. El sol o el viento, seca la tinta y ya está.
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